7.2.10

El destello y un ramo de locura... mientras atraviesa mis ojos [Décimo cuarta parte -entre dos-]

Pero entonces íbamos atrás, charlando como cuando la primera parte de la primera vez y viviendo no sé qué clase de historia -murmuraba la chica bajo las sombras rojas, en la montaña-.

Esa su voz, tan dulcemente gruesa penetraba y hacía temblar mi tráquea en espera de poder responderle.
Esa mi voz, tan vibrantemente dulce y paciente, era ahogada para seguir el deleite del rostro… su rostro, de sus labios curvándose al hablar, de sus ojos y su voz, deliciosamente vibrando sobre la piel, esa mi piel.

Enseguida, desde su perfil, mis ojos quedaron prendados de su ojo, sus ojos, cuando los giró para verme y resultó encantadoramente crispante en el centro del pecho, de los senos, del sexo, en el músculo del rostro para sonreír y en la pena que causa el deseo de querer seguir mirándolos, encantada de sus pestañas y las arrugas que reforman, alrededor de sus ojos, un rostro alegre cuando curva sus labios entre abiertos…

Luces por doquier, fractales en movimiento me absorben, desaparecemos.

Al salir al balcón, mientras el frío envolvía el cuerpo, ese mi cuerpo, sudado, y la vista observaba la luz de la ciudad, el cielo en perfecto azúl mostrando el universo, las cúpulas grisáceas donde algunas veces logramos llegar, de las calles-maquetas donde estacionados algunos autos acogían algunos borrachos graciosos, no pude evitar olvidarle, quienes nos rodeaban podrían encontrarlo en mi sonrisa y a decir verdad, me gusta tenerle en secreto, como cuando la noche nos duerme, como cuando el cielo despejado y bajo los rayos del sol aparecen sus ojos penetrando la tranquilidad, cuando no nos ven, cuando no nos vemos.

La chica continuaba recargada en el balcón, vibrando y sus codos recogían el frío empujándolo fuera y calentando sus brazos, a su lado apareció él, extrañamente alegre, como suele ser su presencia.

La noche se expandía a lo largo de su mónada, la vibración de la música hacía crecer su sueño estrepitoso, entre cuerpos menguados y espíritus proyectados.

Las sombras rojas se evaporaron dejándola a las faldas de la montaña cubierta en nieve; mientras ella al son de danzas circulares, entre movimientos de árboles y hojas, consumía su cuerpo, los caminantes aguardaban su tiempo. Eran siete minutos para las 2 de una madrugada atemporal. Rodeada de silenciosa locura.














Eran siete los caminantes, con siete nombres cada uno.
Siete veces siete la noche de miradas de perfil.
Siete los nombres que lleva puesto desde los primeros siete minutos.
Siete los roces entre las manos, los brazos y las piernas.
Los tragos del café de hoy, siete.
Siete. Los saltos a la llegada.
Siete las lunas del noche-día bajo las cascadas.
Siete fractales desprendiéndose de sus ojos.
Siete los cuadros donde se miran siete de las sonrisas en mis sonrisas.
Siete, cuando las gotas de lluvia y el sol.