Apoya sus codos sobre el grueso tronco, que funge de mesa; sus piernas están cruzadas, su mano atrapa la pluma; fiel compañera y las hojas confidentes esperan pacientes... comienza su historia:
Encuentro de miradas
seductoras
delicadas.
Sonrisas opacadas
por ojos
que resguardan
tenue color
que se esconde
que estalla cuando mira.
-NO, no te seguía...
No, tampoco escuché tu conversación.
El ruido de los otros desaparecía
presuroso...
-Por lo visto tampoco me seguías.
Las sonrisas nuestras se saludaron una y otra vez.
-Oaxaca, la ciudad, coincidencias...
Tenía que levantar la vista
para mirarle bien los ojos
mientras seguiamos charlando.
-No, nunca es tarde para celebrar.
El gesto alegre se estrellaba ante nuestras miradas.
-Oh, sí, fue un placer.
Nuestros rostros se acercaron para despedirse,
¿Cómo fue que terminó el tiempo?...
¿Pasó tan deprisa?
¿No se detuvo?
La lluvia sigue cayendo.
Un par de sonrisas quedan enmarcadas
en ambas miradas
que se encantan
que se seducen
tan profundo
como el azul del mar
como sus ojos
como la noche que nos envuelve.
Como la noche que nos envuelve... Suelta la pluma, observa unas mesas más adelante a sus amigos, las copas de vino vueltas a llenar, su lugar vacio junto a uno de sus mejores amigos.
Exhala lentamente mientras lleva la mirada hacia las estrellas que alumbran el oscuro cielo. Busca entre los tonos azules de la bóveda celeste el tono azúl de aquellos ojos. Necesita dibujarlo, atraparlo un rato más, dejar vibrar las manos, los brazos, sus piernas recordando el roce del encuentro.
La luz de las velas se ha consumido.
Las botellas de vino quedaron vacías.
La chica se ha extraviado en el sueño.
