los patos, el gorjeo de las aves... Ver llover la madrugada,
los saltos, las hojas, las pisadas escurrir entre la pared...
Y danzar. Ver llover y callar. Ver llover y gritar embarrando
el cuerpo en el sofá, en la pared, en la materia que abraza, en el cabello enredado,
ver llover y enfriar la mente y escuchar el cuerpo, el llanto, la risa, el ojo reconociendo el mundo
callando lo hipotético... Y al instante siguiente ver llover las hormigas aun ordenadas, oscuras
frágiles... Y ver llover las pestañas con pulso, con brío, con mano reposando en cintura
o entre dedos... Y ver llover fragmentos inexistentes en forma de réplicas bajo ceja acabadas.
Y ver llover moscas, mosquitos, luciérnagas, hojas libretas, dientes, colmillos estrechos
clavándose en ondas llenas de gotas derramadas en la espalda... Y ver llover los anteojos
en rompecabezas ahogando esperanza infiltrada, pepenando
el roce de las gotas... Y ver
llover aun más bajo los trazos del verano con la tierra ascendiendo, entrando, vibrando
entre cada poro... Y ver llover la llama de la vid, la trenza deshaciéndose para alcanzar la rama
donde las hojas sostienen oruga, paraguas y un racimo de sol. Y ver llover cuando el avión espera,
la banca se moja, la bebida se enfría, los remos salen y las rocas brillan. Ver llover bajo las escaleras
orinando, oliendo troncos elevados de caricaturas, hologramas en ruedas enfriando el sexo.
Y ver llover la silla donde voy, el cuerpo relajado, el pezón erecto envuelto en frío movimiento que alza, levanta, alborota peinados y faldas. Y ver llover labios hinchados en gozosa sonrisa...
Y ver llover el universo, las nalgas, cobijas y caminos sin pavimento natural o artificial. Ver entonces la inundación
y los juegos bajo el puente colgante. Ver llover en el río, en el lago. Ver llover en la orilla del labio elefantes.