27.6.09

Se hallaba hastiada de tantos cascarones de carne andantes, de pie, frente a su librero,
componía sus versos que no llevaban pies ni cabeza.

El aire entraba azotando las cortinas, levantando las hojas de su escritorio; dándoles vuelo.

Su pequeña habitación la adornaban el librero blanco y negro junto con su escritorio iluminado por la luz grisácea del día.

Comenzaba la media tarde. El frío de un día nublado a mediados de la primavera resultaba agradable después de tantos días ahogados entre el calor.

Se preguntaba extrañada mientras levantaba las hojas sueltas que habían volado desde el escritorio, Añoranza de qué, del deseo, deseo de qué.

Después de tu pregunta volvieron mis preguntas, recordaba extrañada, aún extrañada de aquellas preguntas, de antaño.

El aire dejó su fuerza, ahora sólo le acariciaba sus cabellos.
Se inclinó para sentarse frente al escritorio.

Extrañada extrañaba, frunciendo el ceño cogió su Hamlet y repasó aquellos versos que le apasionaban:
...¡Oh, ojalá que esta sólida, demasiado sólida carne pudiera derretirse,
deshacerse y disolverse en rocío! ¡O que no hubiese fijado el Eterno
su ley contra el suicídio! ¡Oh, Dios! ¡Dios! ¡Qué fastidiosas, rancias,
vanas e inútiles me parecen las prácticas todas de este mundo!
¡Vergûenza de ello! ¡Vergûenza! Es un jardín de malas hierbas sin
escaldar, que crece para semilla; productos de naturaleza grosera
y amarga lo ocupan únicamente...

Siguiendo un poco la línea del drama que le exaltaba, decidió plasmar sobre las hojas los versos que no tenían pies ni cabeza, mientras el aire comenzó de nuevo con su fuerza dentro de la pequeña habitación:
¡Oh, melancolía! Tan sólo el deseo sin rostro
poblando mi ser te hace presente...
¡Oh melancolía!... recordar que esta realidad,
que ha sido trazada con minucioso cuidado y espontaneidad,
me obliga a darte alojamiento.

Levantó su rostro, sus cabellos bailaban entre el aire y las cortinas imitaban el movimiento de sus cabellos.

Miró la ventana grande con un marco seductor que invitaba a asomarse.
Las hojas volaron de nuevo. unas tantas hacia afuera, algunas otras permanecieron dentro de la pequeña habitación iluminada por el grisáceo día.

Las cortinas también salieron.
La chica recordaba el hastío de los cascarones de carne andantes.
Detuvo su pensamiento en ese instante, ya no quería pensar, re-pensar. Se percató que faltaba ella por volar afuera y ya no sólo en sus pensamientos, en su pequeña habitación.

El viento seguía con fuerza entrando y saliendo de la pequeña habitación, la chica, mientras se ponia en pie, apoyó sus manos sobre el escritorio al tiempo que subía una rodilla y luego la otra, acomodó sus pies y quedó parada sobre el escritorio, el aire continuaba jugando con su fuerza entrando y saliendo de la pequeña habitación, jugando con las cortinas, con las hojas, con los cabellos de la chica.

Mientras el aire, violentamente, llenaba la habitación la chica iba inhalando hasta llenar sus pulmones, trataba de mantenerse de pie mientras el violento aire pasaba rozando su cuerpo frágil. Junto con el retorno del aire hacia afuera de la habitación, la chica dió dos pasos sobre su escritorio para impulsarse fuera de la ventana grande al igual que lo hacían la cortina y las hojas.

El aire poco a poco bajó su intensidad, la cortina dejó de volar, quedó colgando fuera de la ventana; las hojas dejaron de volar dentro de la habitación, cayendo unas sobre de otras en el piso.

El cabello de la chica siguió volando, entre sus hojas y las hojas caídas de los árboles.
Ella continúo volando, ya no en sus pensamientos, ni en su pequeña habitación.

El aire, violento de nuevo, sacó todas las hojas que quedaban en la pequeña habitación,
El cielo nublado iluminaba grisáceo todos los senderos, todos los bordes, todos los cuerpos.

2 comentarios:

Rey Choko dijo...

-Mi corazón y mi alma
-No, algo importante.

Que tristes son las memorias que cortan como navajas inclementes horas de ausencia…

Decisiones, decisiones, decisiones…

El suicidio no es un acto de cobardía sino elección. Y si existe un infierno para las almas, la mía se habría condenado por sus actos mucho antes de esta violencia.

Ohm Shanti, shanti, shanti

LULAMAE dijo...

Es encantador el romanticismo de la muerte, contrario a lo que se supondría; imagina, o más bien recuerda todas las anécdotas sobre el nacimiento, llenas de espanto, de desgarramiento interno, de dolor estridente y la desolación de un nuevo ángel despojado de su divinidad; en cambio, vemos o creemos ver en la renunciación, una salida definitiva, un misticismo inalcanzable mientras haya conciencia, y la violencia, por aterradora que parezca, no se compara con el alumbramiento ¿por qué? porque la diferencia está en que ambos conceptos contraponen lo conocido y lo desconocido; una mujer sabe que será ella misma después de parir, pero nadie sabe cómo es entrar al terreno de la muerte... Ahora quiero imaginar que todos enfrentamos esa ansiedad por lo desconocido antes de nacer, cuando fuimos "arrojados al mundo", por eso no lo recordamos, por eso creemos que la muerte es el olvido.