7.3.10

Hasta que el tiempo nos acabe [Séptima parte, III]

Para: K. L.
Le esperaba para hoy... -exclamaba la chica ante el cristal, cubierta la mirada por neblinas en el interior del bosque. Su cabello largo en color grisáceo acariciaba sus hombros desnudos y sus brazos mientras las manos rozaban la tierra que cubría sus pies ya oscuros y desabrigados- ... pero ya son diez días desde que le abrieron las puertas, no pude recibirle como quería, como esperaba, como era lo justo según de mi para con su espíritu...
El bosque abrigaba entre la niebla, cubriendo y descubriendo su largo cuerpo desprotegido.

...Desde lejos pude apreciar sus labios cuando se torcían para sonreír, sus ojos no me vieron aunque los míos le miraban dulce e inquietantemente alegres y sin embargo le sigo esperando como si no estuviera. Ocho días se cumplieron desde su llegada y los brazos se estremecieron al abrigar su cuerpo; transcurrieron ciento noventa y nueve horas y al fin los ojos se miraron, su voz despertó mi voz alejando sus miedos, mi espíritu vibró con el suyo, mis labios se arquearon con su sonrisa...

Faltaba poco para el amanecer, el cristal brillaba hermosamente los elementos de la tierra mientras la chica continuaba vibrando su voz, meditando bajo la bóveda celeste llena de los colores todos y la calígine revestía su cuerpo.

...Cuando el sueño le dominó entre mis brazos no quería regresar, volver al mundo, apartarle de mí; habría podido dejar lo cotidiano para crear el mundo ideal a su lado... -Una ráfaga de viento surcó su voz sellando los labios con hojas abiertas, sus cabellos se alzaron violentamente entre el aire; el brillo del cristal sedujo el momento, el elemento agua agitábase dentro vibrando dulce melodía tornando inerte el cuerpo que fue cayendo lento sobre la tierra y los ojos quedaron cerrados al reposar la cabeza sobre el universo-

El cielo parió el sol, la chica tomó conciencia de sí al sentir el viento acariciando su cuerpo, su rostro y sus cabellos volando con sus pasos en danzas espirales dirigiéndose hacia las aristas de la montaña, cerca del lago, con la melodía digerida y un eco resonando lejano en su interior "nos reconoceremos, nos encontraremos, aunque nos veamos cien veces, aunque nos perdamos doscientas más y cuando el tiempo nos acabe empezaremos de nuevo".

Siete caminantes protegen la transición del amanecer,
la montaña en fuego, los sucesos...

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