Caminaba sobre la banqueta contraria a la parada del camión que me llevaría hacía el segundo transporte de camino a casa, no fue necesario atravesar la calle, justo llegando a la esquina el camión avanzó e hizo la parada ante la señal de mi mano con el dedo indice levantado en señal de querer subir. Sacaba las monedas antes de que se detuviera totalmente mientras seguía pensando sobre la última charla de ese día, las imágenes de los bambúes, la sensación de nostalgia por volver a casa.
Así iban los pensamientos, las ideas, las imágenes cuando la voz de una niña sentada cerca de la puerta y viendo de frente al conductor me preguntó con voz firme, aguda chillón -típica de las niñas de su edad-: A dónde, Mientras terminaba de asegurarme que le entregaba el pasaje que corresponde, no esperó ni dos segundos cuando su voz de nuevo replica con la misma pregunta, A barranca, le contesto, A barranca, exclama la niña, son tres papá, refiriéndose al pasaje que le había entregado.
"Qué hermosa seguridad, qué hermoso fluir de su voz, tan liviana, tan sin pena, tan entregada a la labor de ayuda a su padre."
Ya sentada yo, mi atención se posa de nuevo sobre la voz que volvió a vibrar ahora participando con un comentario en la charla entre una mujer, que no tenía pinta de ser su madre, y su padre, que a decir verdad, él tampoco parecía ser su padre... ¿Qué se les va a hacer a estas ideas? Nada. La voz es la que provocó mis pensamientos, la voz expuesta con libertad, resuelta en seguridad, envuelta en ...
Se ha detenido mi pensamiento. De pronto me vienen recuerdos de una niña que ya no existe y sin embargo aún está, que su cuerpo ha cambiado, que sus preocupaciones siguen siendo trascendentales sólo por el hecho de que las vive, y sin embargo no recuerdo su voz, su risa, su voz ahogada en timidez, o expuesta en bromas y carcajadas, ni su voz perdida entre llantos por miedos o caprichos, ni su voz expresando sus opiones, sus lamentos o sus decepciones ante la vida, ante los otros, ni la vocesita cuestionándo lo que no le parecía válido. Nada de eso recuerdo. La voz de la niña en el camión resuena constante durante estos instantes...
Minutos después se ha perdido. Evito forzar el recuerdo de la voz que no volvió con los recuerdos para no confundirla con la de esa niña en el camión, pienso que era parecida, pero sólo eso, "parecida" y no quiero conformarme con la similitud.
Ya en la segunda parada de camino a casa, el metro se ha llenado poco a poco de voces; que para ser tarde aún hay mucha gente, voces altas y bajas, voces que no poseen ni una pizca de esa libertad, de esa seguridad, de esa... sometida ingenuidad; que en algún momento en la vida de todos es golpeada con brutal cinismo o humillación...
Sólo voces ahogadas, secas, alguna risa entre el tráfico de voces vibra como la libertad y seguridad de un niño, y en su interior se halla escondida la ingenuidad que ha sido golpeada y obligada a enterrarse.
Las voces me recuerdan mi voz en este momento apagada... Mi voz de antaño extraviada en el presente he de encontrarla en el olvido, en el pasado, en las grabaciones que aún existen y dan fe de mi existencia pueril e inocente.
¡Vaya! este instante se ha convertido en uno de los pocos en que alabo la existencia de la tecnología. ¡Ya sé en dónde recuperarme! aunque sea para mantenerme en mi recuerdo.
En el tercer y último transporte de camino a casa voy dejando la voz de la niña del camión, comienzo a reconocer el camino a casa, los árboles, las vías, voy reconociendo el presente, la niña se ha esfumado.
Baobab regala agua a la princesa elefante mientras se
baña entre recuerdos puros y cristalinos...

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