Esa su voz, tan dulcemente gruesa penetraba y hacía temblar mi tráquea en espera de poder responderle.
Esa mi voz, tan vibrantemente dulce y paciente, era ahogada para seguir el deleite del rostro… su rostro, de sus labios curvándose al hablar, de sus ojos y su voz, deliciosamente vibrando sobre la piel, esa mi piel.
Enseguida, desde su perfil, mis ojos quedaron prendados de su ojo, sus ojos, cuando los giró para verme y resultó encantadoramente crispante en el centro del pecho, de los senos, del sexo, en el músculo del rostro para sonreír y en la pena que causa el deseo de querer seguir mirándolos, encantada de sus pestañas y las arrugas que reforman, alrededor de sus ojos, un rostro alegre cuando curva sus labios entre abiertos…
Luces por doquier, fractales en movimiento me absorben, desaparecemos.
Al salir al balcón, mientras el frío envolvía el cuerpo, ese mi cuerpo, sudado, y la vista observaba la luz de la ciudad, el cielo en perfecto azúl mostrando el universo, las cúpulas grisáceas donde algunas veces logramos llegar, de las calles-maquetas donde estacionados algunos autos acogían algunos borrachos graciosos, no pude evitar olvidarle, quienes nos rodeaban podrían encontrarlo en mi sonrisa y a decir verdad, me gusta tenerle en secreto, como cuando la noche nos duerme, como cuando el cielo despejado y bajo los rayos del sol aparecen sus ojos penetrando la tranquilidad, cuando no nos ven, cuando no nos vemos.
La chica continuaba recargada en el balcón, vibrando y sus codos recogían el frío empujándolo fuera y calentando sus brazos, a su lado apareció él, extrañamente alegre, como suele ser su presencia.
Esa mi voz, tan vibrantemente dulce y paciente, era ahogada para seguir el deleite del rostro… su rostro, de sus labios curvándose al hablar, de sus ojos y su voz, deliciosamente vibrando sobre la piel, esa mi piel.
Enseguida, desde su perfil, mis ojos quedaron prendados de su ojo, sus ojos, cuando los giró para verme y resultó encantadoramente crispante en el centro del pecho, de los senos, del sexo, en el músculo del rostro para sonreír y en la pena que causa el deseo de querer seguir mirándolos, encantada de sus pestañas y las arrugas que reforman, alrededor de sus ojos, un rostro alegre cuando curva sus labios entre abiertos…
Luces por doquier, fractales en movimiento me absorben, desaparecemos.
Al salir al balcón, mientras el frío envolvía el cuerpo, ese mi cuerpo, sudado, y la vista observaba la luz de la ciudad, el cielo en perfecto azúl mostrando el universo, las cúpulas grisáceas donde algunas veces logramos llegar, de las calles-maquetas donde estacionados algunos autos acogían algunos borrachos graciosos, no pude evitar olvidarle, quienes nos rodeaban podrían encontrarlo en mi sonrisa y a decir verdad, me gusta tenerle en secreto, como cuando la noche nos duerme, como cuando el cielo despejado y bajo los rayos del sol aparecen sus ojos penetrando la tranquilidad, cuando no nos ven, cuando no nos vemos.
La chica continuaba recargada en el balcón, vibrando y sus codos recogían el frío empujándolo fuera y calentando sus brazos, a su lado apareció él, extrañamente alegre, como suele ser su presencia.
La noche se expandía a lo largo de su mónada, la vibración de la música hacía crecer su sueño estrepitoso, entre cuerpos menguados y espíritus proyectados.
Las sombras rojas se evaporaron dejándola a las faldas de la montaña cubierta en nieve; mientras ella al son de danzas circulares, entre movimientos de árboles y hojas, consumía su cuerpo, los caminantes aguardaban su tiempo. Eran siete minutos para las 2 de una madrugada atemporal. Rodeada de silenciosa locura.
Eran siete los caminantes, con siete nombres cada uno.
Siete veces siete la noche de miradas de perfil.
Siete los nombres que lleva puesto desde los primeros siete minutos.
Siete los roces entre las manos, los brazos y las piernas.
Los tragos del café de hoy, siete.
Siete. Los saltos a la llegada.
Siete las lunas del noche-día bajo las cascadas.
Siete fractales desprendiéndose de sus ojos.
Siete los cuadros donde se miran siete de las sonrisas en mis sonrisas.
Siete, cuando las gotas de lluvia y el sol.
3 comentarios:
me da gusto saber que estas bien y feliz. saludos en buena onda desde la isla del olvido. cuidate y una sincera disculpa. te lees tan alegre que se comparte esa dicha.
Tus letras suenan a esa palabra que no quiero pronunciar, que francamente he decidido arrumbar en el diván de la negación. Me recuerdan a alguna parte de mí que ya no es parte de nada. Humanoide.
Tus palabras vibran y hacen vibrar. Te adivino emocionada, inspirada, llena de aliento, tu piel sensible, tus sentidos alertas y dispuestos a experimentar el mundo. Te llenas de vida, la respiras y exhalas en pausas alargadas que te permitan capturar la escencia de cada momento. Corres y tomas un poco más de ésto que cautiva el paladar, un poco más de aquello que sabe a sublimidad. Tomas el mundo en tus puños y lo haces tuyo.
Me hace feliz sentirte feliz através de tus letras. Te veo volar alto desde mi celda que pronto será abierta y espero ser tú. Espero tener alas para volar también.
El sol orilló a continuar entre tragos de café obligando a ver morir la tarde en medio de algodones rosas, naranjas y grises mientras los árboles cantaban... Horas más tarde, bajo la noche chispeante cargada de estrellas que miran la silueta nuestra, el café sigue fluyendo entre los labios.
Vivir y ser tan alegre y libre, como en el principio, cuando no existian sombras infiltradas, se siente tan bien.
Volar y vibrar es imposible no hacerlo.
Dejar que todo se mantenga fluyendo en su impermanencia es -como decía el padre... cito (y sigue diciendo aunque ya no lo escuche)- justo y necesario.
El mundo en mis puños... oh, yeah! n_n
¡Qué gusto que os gustó, que os ha hecho vibrar.
Linda la noche, la madrugada y el día que os acompaña.
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