13.2.11

Morir mientras el sueño entre el dormir y el vivir...


Tomo el pequeño libro que lleva por título "Hamlet", me estiro en el suelo mientras la noche acurruca sombras demás. Mi mano derecha sostiene mi cabeza inclinada y los ojos, mis ojos, se cierran tratando de llevarme a la entrada de la oscuridad que me habita...

De pronto el silencio embarga con estupor y el frío saluda mi cuerpo.
Decido recogerme, sentarme cerca de la abertura enmarcada en la pared, respirando la noche que entra y en mis manos aún resguardo el pequeño libro.

Al fin decido abrirlo; por la ventana va entrando lo que nunca olvido. Hojeo, releo los fragmentos favoritos y me detengo en el recuerdo de la última vez que fueron leídos... Una leve sonrisa desdibuja el rostro y  comienzo de nuevo, como es costumbre en la vida. Contengo la mirada en el  monólogo del acto tercero, segundos después repito en voz alta, según me hace creer mi imaginación, haciendo aflorar las emociones incubadas:
Ser o no ser, he aquí el problema! ¿Qué es más levantado para el espíritu: sufrir los golpes y dardos de la insultante Fortuna, o tomar las armas contra un piélago de calamidades y, haciéndoles frente, acabar con ellas? ¡Morir…, dormir, no más! ¡Y pensar que con un sueño damos fin al pesar del corazón y a los mil naturales conflictos que constituyen la herencia de la carne! ¡He aquí un término devotamente apetecible! ¡Morir…, dormir! ¡Dormir!... ¡Tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el obstáculo! ¡Porque es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de la muerte, cuando nos hayamos librado del torbellino de la vida! ¡He aquí la reflexión que da existencia tan larga al infortunio! Porque ¿quién aguantaría los ultrajes y desdenes del mundo, la injuria del opresor, la afrenta del soberbio, las congojas del amor desairado, las tardanzas de la justicia, las insolencias del poder y las vejaciones que el paciente mérito recibe del hombre indigno, cuando uno mismo podría procurar su reposo con un simple estilete? ¿Quién querría llevar tan duras cargas, gemir y sudar bajo el peso de una vida afanosa, si no fuera por el temor de un algo, después de la muerte, esa ignorada región cuyos confines no vuelve a traspasar viajero alguno, temor que confunde nuestra voluntad y nos impulsa soportar aquellos males que nos afligen, antes que lanzarnos a otros que desconocemos? Así la conciencia hace de todos nosotros unos cobardes: y así los primitivos matices de la resolución desmayan bajo los pálidos toques del pensamiento, y las empresas de mayores alientos e importancia, por esa consideración, tuercen su curso y dejan de tener nombre de acción… Pero ¡silencio!"

"¡Morir... dormir! ¡Dormir!... ¡Tal vez soñar!"
Ya es hora como ayer, como hoy, como siempre, como nunca.
Cierro el pequeño libro poniéndolo sobre mis muslos mientras recojo un tanto más mis piernas para abrazarlas. Levanto la mirada hacia las nubes que adornan esta noche la bóveda celeste dejando que aquella vibración que trae consigo la baja temperatura continúe acariciando de poco en poco mi cuerpo y se impregne hasta en el último rincón de la habitación, sobre la cama, un tanto más entre la almohada... Esta materia se complace con la sensación como cuando la lengua, los dientes, las encías, el paladar se extasían con el vino que pretende impregnarse en ese espacio; mientras la oscuridad interminable que me habita va llamándome, con los ojos cerrados de nuevo, finalmente entro.
Es momento de moverse entre el otro mundo, tan incierto y real.

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