17.6.11

La ciudad es un algo que existió hace ya más de tres siglos; hoy los restos quedan resguardados bajo escombros colmados de patas verdes colgantes y aves por doquier.Hay un trozo de madera enterrado entre el fango con las siguientes líneas en diagonal.


"Huele a lluvia pero el viento se ha llevado de paseo las nubes.
Mis pies transitaron por tu rumbo tres veces en este día y nunca estuviste para un saludo fortuito.


Se atravesó un tren en mi camino, expulsó un grito y dejó una marca negra en el cielo que desapareció como las nubes arrastradas un poco más allá de este pedazo de tierra; ahí, en el interior de ese gigante ibas sentado o parado o acostado o flotando, no sé, sólo sé que estabas dentro, y de repente se detuvieron las ruedas metálicas chillando sobre las vías, levantando un poco de aire gris, segundos después reinició su marcha en reversa y todo tuvo sentido; pasaron los años y siguen pasando.


Ya no llovió, ya no te vi, ya no robé un roce ni me escapé con una sonrisa escondida entre las puntas de mi cabello, entonces me encontré sorpresivamente llena de ansiedad, como cuando uno se encuentra con los piquetes de mosco sin saber cómo demonios hicieron para picar hasta el talón que se tiene bien cubierto... Ahí estaba ese ánimo mientras los ojos miraban un árbol, otro árbol, algunos algodones en el cielo, el ocaso, cables, postes, un coche, otro coche, una moto, un estacionamiento, un grupo de personas esperando el autobús, un señor cuidando una entrada, dos adultos y tres pequeños entrando a una bodega, el semáforo en rojo, mi reflejo en la ventana y surgieron tristeza, humanidad y celos; el cuerpo se disgregó, tuve miedo, mi mano se extendió hacia la bolsa que guardaba un termo lleno con agua, lo llevé hacia la boca y mi estómago refrescó, sentí cómo el pecho se tranquilizaba un poco con el corazón estrujado ardiendo, el pulso de la carótida seguía fuerte, los ojos se cerraron unos segundos mientras sentía cómo las ganas de gritar crecían en la garganta, en el rostro, y el oxígeno se escondía para no entrar en mi y así las ganas se me fueron hasta los pies.


Finalmente llegaba, era momento de levantarme del asiento, hacer la parada en mi destino y bajar despacio; fui sintiendo todo el ruido que transgredía, las caras extrañas que de reojo se clavaban desfiguradas en mi paisaje, el claxon sonando ahí y allá y los pies tan livianos como para una caminata larga, larga y profunda como la respiración que faltaba en ese momento.
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Hoy ante el espejo, mientras nos parábamos sobre el metatarso y estirábamos piernas, brazos, torso y los pies sentían la duela después de los saltos; me encontré tan ecuánime y en hermosa imperfección que cuando estaba por llegar a casa no me creía las ansias cargadas en los ojos secos mientras hacía un cuarto recorrido por aquel rumbo donde la luz del alumbrado público golpeó la noche de mi cuerpo imprimiendo mi sombra sobre el asfalto.


Por estos rumbos, dicen las calles y los bastones de los ancianos, pasan tranvías pero yo nunca he visto uno, nunca había visto uno donde viajaras tú y sobre todo que se echara en reversa desapareciendo sobre un puente resquebrajado rodeado de árboles y aves, aves negras de guasón recuerdo.
Hoy la luna se bebe mi aliento y el aroma a lluvia se ha ido.


Firma con amor,
La naturaleza, que se encuentra maquillando en explosión de orgasmo la realidad.

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