Después de la charla ella se detuvo unos instantes esbozando una sonrisa extraña.
Una hora más tarde estaba lista. Aquel chico que había llegado por ella no era su tipo, lo que no impedía que de vez en cuando surgieran ideas extrañas, que la extrañaban, en su cabeza.
Subieron al coche. El sol del medio día no hundía en calores extremos.
No tenían el modelo que quería, le decía a ella mientras le entregaba la ropa íntima que había elegido para la ocasión; las vendedoras me veían como si estuviesen frente a un depravado, decía el chico. Cuántos hombres no llegan a comprar ropa interior para sus parejas, exclamó la chica y ambos rieron. Sin embargo el encaje no era lo que la chica acostumbraba.
Llegaron a casa de él y le presentó a la chica la botella de vino que estaban por beber. Charlaron sobre música, sobre las ideas que se prentendían para las fotos.
Llegado el momento en que el vino había hecho su trabajo de relajación, en ambos, se dispusieron a comenzar, él tomaria fotos mientras ella posaría en interior de encaje.
Un deseo extraño estaba siendo cumplido, ya el de él, ya el de ella.
El nerviosismo lo señalaba en el temblar de la cámara, prefería colocarlo en el trípode aunque tenerla en las manos era más fácil para su trabajo; el sudor presuroso comenzó a recorrer su frente antes del comienzo de la sesión.
Ella no se inmutó para evitar cualquier posibilidad de cambiar el estado de la situación, se limitaba a moverse y mantenerse como el chico le pedía, sonriendo ambos de vez en vez.
En una postura de tantas, cuando la chica le daba la espalda él pasó lentamente su mano sobre la espalda que se le presentaba, sobre el hombro y siguió haciendo click con la cámara.
Los segundos transcurrían presurosos sin que ambos lo notaran. Me has desnudado, exclamó la chica entre rostro sonrojado y risas, risas para mantener todo igual; después de que el sujetador y la tanga de encaje ya llevaban rato sobre una silla junto a su ropa.
Los senos, la espalda, las nalgas, el pubis, los muslos, los pies, los brazos, el cabello; todo fue encerrado en la caja negra que hacía del chico un cíclope.
Saberse deseada, admirada de esa forma, la hacía ser sujeto y no objeto, de vez en cuando el dorso de la mano del chico rozaba delicadamente su espalda, su mano completa atrapaba su hombro, los dedos pasaron concientes y lentos por su cintura, nada más. Eso se convertía en un sueño. Ver la contención y nerviosismo de él para que todo siguiera igual entre ellos le resultó extraordinario.
Fascinante le resultaba ser descubierta en su totalidad y que el sexo no dominara los deseos. El vino para ese entonces había sido desplazado.
Miradas a su cuerpo, su perfil, miradas entre ellos, posturas, sudor, risas, locura, todo se ahogó en la última copa de vino que se bebian al estar analizando, como buenos aficionados, el resultado de la sesión.
El cuerpo de la chica brillaba extraño, sería por el vino.
Disfrutarse ella misma con la vista del otro era su fin.
Poder desnudarla y observarla en un ambiente amigable era el fin del otro.
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