Ser nocturna.
Mis cabellos brillan entre la tierra, el reflejo del astro rebota sobre los cuerpos escarabajos que desde la raíz hasta la punta caminan yendo y volviendo formando las extensiones brillosas de mi largos y caminantes cabellos.
Mi cabeza está plantada en la tierra mientras mis cervicales y hombros sirven de apoyo; ya que mis pies no querían mantenerse bien puestos sobre la tierra, decidieron vivírsela saltando, haciendo piruetas. Robándome así momentos de lucidez y realidad.
La cabeza se cansó de los pies tan andantes, cual bailarines extraños; que no estuvieran firmes, inamovibles, como suelen decir, entre comillas, tener los pies bien puestos en la tierra; así que decidió plantarse ella, y para avanzar por el bosque, por entre el asfalto, para mudarse de lugar necesita, ahora en adelante, que su cabellera naciente tire de ella.
El recorrido es delirante, el recorrido lleno de tierra húmeda, raíces, hojas cargando animalillos extraños que las deboran, ramas enredadas y sosteniendo nidos, patas; gusanos, cienpies, babosas siguiendome con sus antenas, larvas, lombrices haciendo eses a su paso, hormigas pisoteandose y regresando a sus filas y, sobre todo, un recorrido lleno de escarabajos entrelazados unos a otros en filas de verdes, azules, rojos, naranjas tirando de mi. Nocturna, parece gritan entre zumbidos los de más adelante mientras otros cerca de mi oído y emocionados expulsan del zumbido eres tú.
Sólo una sonrisa llena de tierra se esboza en mi rostro, marcado por las ramas. Los ojos vueltos locos, como burbujas viciadas, sólo miran fuera de sí el recorrido, los colores extraños y alargados, el cielo tan perdido por entre las ramas de los árboles, entre plantas llenas de telas de arañas donde unos que otros insectos cadáveres, momificados, reposan en esas telas cual divina hamaca para descanso, las orugas van lentas colgando de las hojas, mordiéndolas y mirando pasar mi cabeza llevada por los escarabajos, como eterna procesión; las mariposas juguetean entre mis muslos, entre mis nalgas, entre mi sexo y mi abdómen; se reposan y adornan de colores intrigantes mi pubis.
Los pies y las piernas siguen cual excitados amantes un baile extraño, subiendo, bajando, tocando la punta de la cabeza, llegando al otro extremo, curvando la espalda baja y haciendo que los glúteos se redondeen más, se elevan de nuevo lento por entre las ramas, por entre las hojas flores; siempre de puntillas, pintados rojo sangre pareciendo pezuñas con los dedos juntitos afilando; sin que peso alguno se atreva a marcar heridas en los dedos, o reventar las rodillas. Así van, también, los pequeños senos colgando en una caída que permitirá mantenerlos bien parados dentro de ese reto a la gravedad, sin dejar el éxtasis de marcarlos. Así continúan en el juego la espalda y el abdomen, adornados por la sangre despuntada tras rasguños arbustos, celosos de no poder mantener el cuerpo cerca, unas que otras hojas caen sobre el cuerpo y quedan pegadas resbalando con la sangre por la espalda, las nalgas, el sexo.
Van subiendo por el cuerpo algunos escarabajos mechones hasta topar la aureola de los senos cual Venus naciendo de cabeza, burlando la gravedad sus nuevos cabellos.
Los brazos van extrañamente desfasados, envueltos por una tela sedosa de araña que permite recibir como caricias el recorrido por el que son arrastrados, las manos y los dedos juguetones aprovechan y aprehenden las texturas naturales que el camino regala a su tacto.
Van los zumbidos, los movimientos, los gritos nocturnos y el grito propio volviéndome noctura dentro del bosque, cerca de un lago, vamos, van... Tan encantada de todo, tan encantados de mí.
Qué importa ya que los pies se mantuvieran entre las nubes.
Qué importa ya que la cabeza lograra mantenerse centrada donde, entre comillas, debían estar los pies.
Qué importa ya el mundo, tan lleno de olores de descomposición que los humanos cargan hasta que sus cuerpos tornan color grisáceo.
Qué importa ya si puedo estar entre la belleza, convivir entre los rasguños reventando la piel, si puedo convivir entre mariposas agitadas jugando con mis labios hinchados y expuestos cada que las piernas se abren en su danza.
Qué importa ya si puedo tener una hermosa cabellera salida de la madre tierra, cubriendo de a poco en caricias mi cuerpo.
Qué importan ya los mundanos.
Qué importa ya si el joven color tierra se disfraza entre troncos y sólo mira un rato de lejos para mantenerse, entre comillas, unos minutos cerca.
Qué importa si puedo beber lodo, sangre y agua que lleva consigo orugas, hormigas, arañas, hojas, piedras brillantes y ramas entre la corriente sin dejar de danzar los pies vueltos pezuñas y las piernas vueltas ramas.
Qué importa si en el camino me ahogo con la lluvia que mantiene lleno el lago, húmeda la tierra, mi vagina, mis ojos y mi boca.
No dejan de aletear los escarabajos, mientras seguimos avanzando, el extraño zumbido que me grita eres tú, nocturna.
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